El inigualable Cocteau, el artista que conoció a Lenin en París cuando este era empleado doméstico
Jean Cocteau llegó un día a la playa del mar de las vanguardias, miró alrededor, subió el acantilado y desde allí se lanzó bien vestido. Fue un vanguardista de la vanguardia
Dos de las características esenciales de Jean Cocteau, un factótum del arte, fueron el lirismo y la inteligencia y de las dos renegó. No quería que le llamaran poeta ni tampoco inteligente. La mejor muestra del escapismo artístico, de lo inclasificable de su personalidad, quizá fue esta anécdota que uno ha encontrado en un recorte viejo: una aproximación al «inaproximable» Cocteau, que no quería ser inteligente porque la inteligencia era lo contrario a lo espontáneo, a lo ingenuo.
Contó Truman Capote que a André Gidé le ponía nervioso porque la inteligencia velada de ingenuidad chisporroteaba a su alrededor como decenas de bengalas. Imagínese estar tranquilo y que llegue alguien y se ponga a encender bengalas a su alrededor. Jean Cocteau llegó un día a la playa del mar de las vanguardias, miró alrededor, subió el acantilado y desde allí se lanzó. Nunca más volvió a tierra firme, esa tierra firme a la que tanto le recordaban las palabras «poeta» e «inteligencia».
Y además se zambulló bien vestido, lo que extrañó a la masa vanguardista. Fue un vanguardista de la vanguardia. Escritor, cineasta, dramaturgo o pintor, Cocteau fue como Ezra Pound: un descubridor y asistente de artistas que si hubiera querido ser carpintero, como Pound, hubiera conseguido que Gertrude Stein no se enfadara. Su locura era él, al contrario que la locura de los demás estaba formada por muchas piezas. No quería que le dijeran poeta, pero era el poeta y el artista más inteligente que fue admitido casi de adolescente en el cogollo, como llamaba Proust a los círculos de su mundo perdido. Fue precisamente amigo de Proust, a quien conoció cuando era un aspirante a escritor, y de Picasso o de Modigliani.
A todos les superó no porque fuera mejor, sino porque abarcó anchuras y alcanzó alturas impensables y admirables en todos los géneros de los que se convirtió en figura central. Un diamante tallado en cien caras donde brillaba el sol. En las novelas, en los poemas, en sus películas, en sus pinturas, en sus decorados y en la vida donde también se aposentó a lo ancho y a lo largo sin desechar nada, desde el opio al catolicismo, y donde cupieron todas las historias inimaginables desde el principio, el nudo y el desenlace.
Por ejemplo, un capítulo extraordinario del nudo fue el que contó sobre los tiempos de La Rotonde. Dijo que durante un tiempo solía ir por allí «un hombre bajito con barbita en punta» que se sentaba a escuchar la tertulia de los artistas. Era el empleado de hogar del pintor Domergue que nunca hablaba. Una vez le preguntaron qué hacía y respondió que quería derrocar al Gobierno de Rusia. Cocteau y los demás se rieron «Porque todos queríamos lo mismo». La diferencia es que aquel hombre bajito al final lo consiguió: era Lenin.
Esta fue una de las infinitas anécdotas inigualables de la vida única de Cocteau. La última fue cuando se enteró de que se había muerto su amiga Édith Piaf. Dicen que en ese momento compuso el evocador y último poema de su existencia que fue el anuncio convencido de su muerte inminente, dos horas después, de un paro cardíaco también vanguardista.