
Portada del libro 'También se admiten soluciones', de Gonzalo Robles
El barbero del rey de Suecia
Solucionismos
Incurre en alguna ingenuidad, como es inevitable en el género aforista, si te quieres acercar a la verdad
Gonzalo Robles (Badajoz, 1971) ha escrito un libro –titulado También se admiten soluciones (Rialp 2024)– sorprendente. Sorprendente por tratarse de una obra madura de un aforista inédito, por su frescura, por su inteligencia y por su valor, en los dos sentidos.
Resulta tan ortodoxo, ascético y hasta místico que, en la primera lectura, pienso que puede ser sacerdote. Luego habla de sus hijos con gran conocimiento de casa y me avergüenzo de ese último resabio mío de clericalismo. Conjuga una gran ortodoxia con una enorme osadía crítica y una inmensa libertad de espíritu. En esta triangulación recuerda a Nicolás Gómez Dávila. Quizá con un toque más poético, como cuando confiesa que para ilustrar la idea de libertad [y téngase en cuenta que esto lo escribo el día de la Anunciación] prefiere «a fray Angelico sobre Delacroix».
Aunque su subtítulo promete que los temas serán «Fe, moral y costumbres», hay otros bloques temáticos que reaparecen más allá de la organización en capítulos del título. Todos son igualmente interesantes. Por ejemplo, la caballería. Por ejemplo, el patriotismo. Por ejemplo, los hijos. Por ejemplo, el conservadurismo. (No es extraño, por tanto, que me haya gustado tanto.)
Hay algo que sí avisa el título: el tono. Es un libro que, más allá del gozo literario y meditativo propio de los aforismos, quiere ser resolutivo, propositivo, diría, si se me perdona el palabro. Sabe de qué lado está, en consonancia con la última frase de Chesterton. «La cuestión ya está muy clara», dijo el inglés en su lecho de muerte: «se debate entre la luz y la oscuridad y cada uno debe escoger de qué lado está». Los aforismos de Robles quieren solucionar oscuridades, enredos y atascos. Son «solucionismos». Alumbran.Incurre en alguna ingenuidad, como es inevitable en el género aforista, si te quieres acercar a la verdad. A veces se roza lo obvio, como ocurre en la vida. Querer ser original a toda costa conlleva tropezar en lo estrafalario, que es peor. Robles se echa el riesgo del sentido común a las espaldas y nosotros se lo agradecemos. Un error menos inevitable y, por tanto, peor, es que, ocasionalmente, más que aforismos presenta o embriones de columnas de opinión o apuntes para un diario. Es algo que no debería ahuyentar al lector interesado por dos motivos: porque los aforismos puros, buenos, ni ingenuos ni estrafalarios son muchísimos y porque los embriones diarísticos o columnísticos da gusto leerlos también, y más vale caer por ese lado de la naturalidad que por el del envaramiento. El cuidado del lenguaje es extremado, como se pide a un aforista, muy atento a los regates e intersticios: «catolicismo español –valgan la redundancia y la contradicción–», dice.
Gonzalo Robles escribe un aforismo que reza: «Oración del aforista: Señor, dame agudeza sin petulancia.» Dios ha oído su ruego, como veremos a continuación, y nosotros se lo agradecemos al Dador, y al orante, que ha devenido en dador de estupendos textos breves:
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«Nueva evangelización»: no sé si es pleonasmo o contradictio in terminis.
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Qué contraste entre el lenguaje forzado y abstracto de bastantes de las peticiones en misa, rezumantes de intelectualismo clerical, con la sencillez del «danos hoy nuestro pan de cada día».
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¿Y dices que a la preparación eclesiástica para el matrimonio se le llama «cursillos»?
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…la intuición miltoniana de que el demonio sigue esforzándose porque no sabe que ha perdido.
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Los santos se dan de cruces con la realidad.
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¿Pero es que se puede estar en misa de otro modo que no sea –de alegría– repicando?
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[Sobre las exigencias de la moral católica] Al revés: no quiere rebajarte el ideal de santidad.
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Porque la felicidad en la tierra es expectativa y no posesión, mi tiempo litúrgico favorito es el Adviento.
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«Pero una sola cosa es necesaria (…)». Una sola cosa es necesaria. No más importante: necesaria. Todo lo demás puede ser importante pero no me hace falta.
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Un respeto por el protestantismo, que ha dado la King James Bible, las cantatas de Bach y que los pintores holandeses no mostraran relamidas escenas de santos sino la belleza del hogar. Por no hablar de Trento.
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A quien se arruga, Dios no le ayuda.
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Tienen las calaveras sus ojos abiertos como platos.
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Hay quien se empeña en poner su llaga en todos los dedos.
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No hace falta ser amigo de alguien para trabajar bien con él. Pero quien trabaja bien con alguien acaba siendo su amigo.
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Conviene no ser más papista que el papa, salvo cuando el papa no es papista.
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Los bachilleres de letras hoy no dan Latín ni Griego. La legislación vigente les ha condenado a la más desconcertante de las orfandades: no saber quiénes son tus padres.
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También se puede ahogar el bien en abundancia de bien.
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El nacionalista piensa que ser de un país es un mérito. Para el patriota, se trata de una responsabilidad. Eso explica que haya tantos nacionalistas y tan pocos patriotas.
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«Futuro resuelto», el oxímoron inconsciente del buen burgués.
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El simplismo merece simpatía porque es una reacción natural frente al misterio del mundo.
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Humildad: no darse importancia sin darse importancia.
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Grandiosidad no es grandeza. Wagner no es Bach.
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En medio de tanta transparencia, se agradecería un poco de claridad.
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Napoleón decía —o dicen que decía— que las guerras las ganan los soldados cansados. Me permito apostillarle, Sire: las guerras las pierden los soldados agotados
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El buen conservador es práctico, pero no pragmático.
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[Leyendo John Henry Newman] se llega a la melancólica y muy peligrosa conclusión de que el que tiene razón suele quedarse solo.
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Los muchos años de matrimonio hacen que, las raras noches en que se duerme solo, uno se quede en su lado
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Pornografía, delito de falsedad contable.
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La desobediencia civil puede ser la forma más exigente de obediencia.
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Entre el «sangre, sudor y lágrimas» y el «todo irá bien» se ha producido un cambio de civilización.
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El que de verdad manda no necesita mandar. Si acaso, sugerir.
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Una característica del éxito auténtico es que tarda en llegar.
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Si tiene siempre mucha prisa, es un mal jefe.
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Por estos pagos, un think tank tiene poco de think y mucho de tank.
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Encargar la resolución de determinados problemas a un comité es como pedir que cinco personas tiren el mismo penalti.
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««Normal»: Del latín normālis. 1. adj. Dicho de una cosa: Que se halla en su estado natural». Quién le iba a decir a la Real Academia Española que se convertiría en un foco de subversión.
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Como aspirante a caballero, mi ideal ciudadano consiste en reclamar los derechos como derechos y en ejercerlos como gracias.
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Que no falte en mi escudo de armas una mano con su ramo de lirios
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Para mi ideal de caballero: cuanto más indignado mi interlocutor, más sereno yo.
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Otra más para mi ideal de caballero: tan sobrio con uno mismo como espléndido con los demás.
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La derecha clama contra la superioridad moral de la izquierda. No aspiran a declarar la suya, solo les indigna que otros lo hagan. Todavía no se han enterado de que la política es justamente mostrar la superioridad moral de tus propuestas.
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Sí, vale, pero también quien aprieta mucho abarca poco.
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El ángulo muerto resucita en los buenos aforismos.
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El reaccionario clama por el respeto a la naturaleza humana, pero su desesperanza acaba por negarla.