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Primera misa de México. Obra de Urbano Oliviera

Primera misa de México. Obra de Urbano OlivieraFundación Alfredo Harp Helú Oaxaca

La conquista que no se libró con espadas: el día que los dioses mesoamericanos fueron vencidos

Junto a Cortés viajaron un puñado de modestos frailes que pudieron transformar espiritualmente a todos aquellos millones de nativos mesoamericanos

En un artículo anterior planteaba cómo un puñado de modestos frailes pudieron transformar espiritualmente a todos aquellos millones de nativos mesoamericanos, con una religión muy afianzada en su cultura, bien organizada y con una estructura jerárquica, en relativamente poco tiempo. Pienso que en esa guerra de creencias se impuso finalmente el cristianismo por la conjunción de diversos factores. Era la religión de los vencedores, pero era, al mismo tiempo, una religión más atractiva. Además de factores humanos y espirituales que contribuirán a que se produjese «el milagro».

Es cierto que, en sus aspectos administrativos, organizativos y jerárquicos, en la simbología de sus templos o la importancia y trascendencia de cara a sus sociedades, se podrían ver muchos paralelismos entre la «iglesia» azteca y la católica, pero la filosofía de una y otra, sus mensajes, sus objetivos y su fin último eran radicalmente distintos.

La primera era una religión politeísta y sincrética (este último elemento pudo influir en una cierta apertura frente al credo cristiano), pero, como es ampliamente conocido, tenía una vertiente oscura, primitiva y cruel que se exteriorizaba en los constantes sacrificios humanos para aplacar o satisfacer a sus numerosos dioses.

Aunque no es descartable que alguno de los sacrificados y posteriormente consumidos en banquetes rituales en Tenochtitlan (aunque en la mayor parte de las ciudades tenían lugar estas ceremonias) acudiesen felices a su viaje hacia la casa del sol, la mayoría (entre unos 20.000 o 30.000 anualmente), en gran parte enemigos acérrimos de los mexicas y capturados en las guerras floridas, estarían maldiciendo su suerte, como refleja, aunque en tierras mayas, la película Apocalypto (2006).

Por el contrario, el cristianismo, según Toynbee, uno de los tres pilares de la cultura occidental (junto a la filosofía griega y el derecho romano), procede de una de las religiones monoteístas más antiguas. La Torah (el Pentateuco cristiano) y el resto del Antiguo Testamento es, además de un libro religioso, una crónica histórica de indudable valor. Incluso muchas de las legendarias aventuras que narran tienen una explicación plausible, como argumentó Werner Keller en Y la Biblia tenía razón. Pero, si el Antiguo Testamento resulta único en el cosmos de las antiguas religiones, el Nuevo Testamento y el mensaje cristiano resultaban profundamente adelantados a su tiempo.

En el siglo I, el mundo era un lugar hostil, con sociedades divididas en castas, con numerosos siervos y esclavos, en donde la mujer tenía un rol muy secundario y se sucedían las guerras, plagas y hambrunas. Es en este marco en el que nace un mensaje de moralidad, de empatía, de pacifismo, de defensa de la mujer y de los más infortunados, un mensaje que mil quinientos años más tarde, y pese a la visión distorsionada e intransigente de muchos jerarcas católicos, suponía una invitación a la vida y a la ética frente al canto de muerte y destrucción que propugnaba el panteón azteca. Es, por tanto, posible que muchos nativos viesen ciertas ventajas en la religión de los extranjeros, que era también la religión de los vencedores, frente a la permanente demanda de sangre humana de la propia.

Pero vayamos ahora con el factor humano. Por supuesto, a los monjes les resultó muy útil, en su labor misionera, que algunos de los nobles indígenas más importantes se convirtieran al catolicismo, aunque bien es cierto que, en ciertos casos, la conversión fue manu militari. Pero la mayoría de aquellos frailes se implicaron de lleno, aprendieron las lenguas nativas, con preeminencia del náhuatl.

De hecho, esta lengua tuvo una gramática propia antes que la mayoría de los idiomas europeos, a excepción del castellano. Su redactor, el franciscano Andrés de Olmos, dominaba, igualmente, el tepehuán, el huasteco y el totonaco. Se trataba de hombres, también, en su mayoría, austeros, que predicaban con el ejemplo y, frente a las injusticias, se ponían de parte de los nativos. Alguno, como el dominico Bartolomé de las Casas, destacó de manera tan radical en esa defensa que acabó, incluso, utilizando exageraciones desmedidas y datos falsos.

Por otra parte, el tribunal de la Inquisición nunca tuvo competencia para juzgar a los indígenas. Por último, hay que recordar el papel que tuvieron los religiosos en la educación a todos los niveles, incluyendo la inauguración, en 1533, por parte de los franciscanos, del Colegio de la Santa Cruz de Santiago Tlatelolco para formar a indígenas con vistas a la educación superior. Proyecto en el que se implicó, personalmente, el célebre cronista Bernardino de Sahagún.

Zona arqueológica con la iglesia al fondo

Zona arqueológica con la iglesia al fondoDiego Delso / Wikimedia Commons

Sin embargo, a pesar de las bondades del cristianismo y del ímprobo esfuerzo de los misioneros, seguía necesitándose un milagro para vencer las resistencias tan arraigadas de las antiguas creencias politeístas. Llamémosle, al supuesto o verdadero milagro, «el factor divino».

En este punto tenemos que retroceder al cerro de Tepeyac una mañana del 9 de diciembre de 1531, en donde tuvo lugar la primera de varias apariciones marianas a un piadoso indio, convertido al catolicismo, Juan Diego Cuauhtlatoatzin. Aquella señora, que se le presentó como la Virgen María, le pidió que intercediese ante el obispo, Juan de Zumárraga, para que se construyese allí una casa sagrada.

El resto de la historia es bien conocida. Ante la petición de pruebas por parte del escéptico obispo, Juan Diego recoge, en la última aparición, tres días más tarde, unas rosas que habían extrañamente florecido fuera de estación y, depositadas en su tilma o capa de algodón, se las llevó a Zumárraga y, al abrir la tilma, en la misma apareció impresa la imagen de la Virgen.

Como toda aparición mariana, siempre ha estado rodeada de polémica y, así, con el tiempo, se ha cuestionado la propia existencia de Juan Diego, las personas que se habrían sanado milagrosamente por la intercesión de la Virgen (incluyendo al tío del chichimeca), el origen del nombre de Guadalupe (como la Virgen extremeña), el misterio que rodea a la imagen de la tilma que, para algunos estudiosos –al igual que ocurre con la Sábana Santa de Turín–, poseería algunas características que, hasta el momento, no podrían ser explicadas por la ciencia.

Estos debates vienen condicionados por las creencias personales de cada cual, pero el verdadero e incuestionable milagro, ya se tratase de un buen montaje o de una aparición auténtica, es que la historia de que la madre del Dios de los teules se había aparecido a uno de los suyos, que le había dejado su imagen, con el rostro de una mujer mestiza y que, en consecuencia, la Virgen ya no era solamente una deidad española sino propia, fue una historia que corrió como la pólvora en una Nueva España cuya conquista no estaba aún asentada, provocando una mezcla de curiosidad y simpatía ante la nueva religión y facilitando numerosas conversiones.

El santuario fue construido y, en la actualidad, visitan la basílica unos veinte millones de fieles anualmente. La historia, tanto del virreinato de la Nueva España como del México independiente, no puede explicarse sin el simbolismo que, desde 1531, ha representado esa señora mestiza que se convirtió en la madre de una nueva sociedad conformada por descendientes de indios y españoles.

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