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Alfonso XIII fotografiado en 1941

Alfonso XIII fotografiado en 1941EFE

Cuando Alfonso XIII vaticinó la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial

Buena parte de la opinión pública de numerosos países creyó en la victoria alemana. Sin embargo, el rey español apostó abiertamente por el bando contrario durante una entrevista periodística

En febrero de 1940, Alfonso XIII se encontraba en Roma exiliado cuando el periodista Julián Cortés Cavanillas le entrevistó en sus habitaciones del Gran Hotel. Había estallado la guerra en Europa con la invasión alemana y soviética de Polonia en septiembre de 1939. Una vez consolidado ese frente, el ejército del III Reich había puesto todo su interés e iniciativa en derrotar a las fuerzas anglofrancesas.

Los italianos –que no deseaban la guerra– se preguntaban cuándo Benito Mussolini se decidiría a intervenir en el conflicto al lado de Alemania. Justamente, antes de ver al rey, Cortés Cavanillas había conseguido hablar cinco minutos con el ministro de Asuntos Exteriores, el conde Ciano –yerno del duce– en su despacho del palacio Chigi, el cual le trasmitió, confidencialmente, una visión pesimista sobre la inevitable entrada en guerra.

Durante su entrevista, don Alfonso le comentó que había visto a Ramón Serrano Súñer, ministro español de la Gobernación, durante su visita a la capital italiana. Le había parecido un hombre «peligrosamente inteligente», con muchas fantasías y con sueños de grandeza bastante excesivos para los tiempos en que se encontraba España tras la guerra civil. Y con la ilusión de un amanecer en Europa que el rey, desgraciadamente y con su larga experiencia política, no veía por ninguna parte. Le pareció que el ministro había hablado con excesiva desenvoltura con una serie de problemas relacionados con la guerra «que había desencadenado Hitler», dejándole motivos de preocupación.

El rey –como era su costumbre– hizo a Serrano Súñer muchas preguntas concretas, tratando de informarse de la situación interna de España y de la posición del gobierno franquista en política exterior. En un principio, se había proclamado la neutralidad y el apoyo a las peticiones de paz de la Santa Sede, pero Alfonso XIII le manifestó una serie de observaciones sobre el peligro de creer en una victoria que Alemania «no obtendría jamás». Ante estas palabras, el periodista quedó asombrado pero el rey le atajó inmediatamente explicándole su visión.

No se debía ser iluso pues Alemania, pese a sus avances y sus victorias en la guerra relámpago en el Este europeo, perdería la última batalla. En ese punto, el rey declaró que su convicción era absoluta. Sabía perfectamente el valor del soldado alemán –había sido testigo de cuatro años de resistencia del ejército germano en la Primera Guerra Mundial– y el grado de perfección técnica de su armamento y la competencia militar de su Estado Mayor. Pero ni aún con estas garantías alcanzaría la victoria final.

Para Alfonso XIII, el soldado alemán era modélico para cualquier ejército del mundo, en sus virtudes y en su disciplina, pero no ganaría la guerra. Y es que el rey no olvidaba la lección de 1917, cuando Estados Unidos intervino en Europa y ayudó a los Aliados a vencer un año después. Y, para don Alfonso, era inevitable nuevamente la intervención de Norteamérica, tarde o temprano, en defensa de su propia seguridad económica y estratégica. Su peso decidió el final del conflicto en su favor y en el de sus aliados.

Además, afirmó: «si en estos momentos yo me sentara en el trono de España jugaría sin titubeos la carta aliada. Y bien sabe Dios que no es por amor a la política británica, sino por interés exclusivo de nuestro país». Es más, le dijo a Cortés Cavanillas que la jugaba abiertamente en esos momentos, a lo cual el periodista le respondió que, en España, la mayor parte de los españoles que apoyaban el régimen creían en la victoria alemana, al igual que él mismo.

Para el rey, Hitler era un demente tan peligroso como Stalin, ya que poco se diferenciaba el nazismo del comunismo

Y es que esa era otra preocupación de Alfonso XIII que había sentido durante su entrevista con Serrano Súñer. Esa posición filogermana era una equivocación de trágicas consecuencias para España ante cualquier medida precipitada que hiciera caer al país al lado de Alemania. Nadie creía que Hitler defendía la civilización cristiana «¡Hasta ahí podían llegar las bromas!». Para el rey, Hitler era un demente tan peligroso como Stalin, ya que poco se diferenciaba el nazismo del comunismo. Pero, más allá de las ideologías y sus procederes, lo que decidiría la guerra sería «la enorme potencia que volcarán los Estados Unidos», por lo que el interés nacional español no podía ser otro que una vigilante neutralidad.

Cortés Cavanillas, sabiendo que don Alfonso llevaba cinco años viviendo en Italia y relacionándose con su élite social, religiosa, económica y política le preguntó su opinión sobre la posición que adoptaría ante el conflicto europeo. El rey le confesó que hacía mucho tiempo que no veía a Mussolini pero que detectaba en el ambiente que, desgraciadamente, había «perdido la cabeza» y metería a su pueblo en la guerra. Y, si así sucediese, Italia y su régimen cosecharían una catástrofe inevitable.

El ejército no estaba preparado, ni el rey Víctor Manuel III ni el pueblo deseaban entrar en guerra al lado de los alemanes. No le cupo duda a Alfonso XIII que la guerra sería larga y sus consecuencias aún más espantosas que las del 1914 pues no habría paz entre Hitler y Stalin hasta el fin de uno de los dos. Para garantizar la paz del mundo habría que vencer a ambos y «revolucionar constructivamente las fórmulas políticas y económicas de esta Europa que ha agotado o despilfarrado sus recursos en todos los órdenes». Sus reflexiones y opiniones serían, con el tiempo, acertadas.

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