
Vista aérea de Tánger en 1932
Tánger, la Casablanca real que España gobernó durante la Segunda Guerra Mundial
La ciudad cosmopolita, de espías, contrabandistas, exiliados, artistas e individuos de todo pelaje y condición fue aquella Tánger que permaneció española hasta la derrota del III Reich, cuando volvió a regir el estatuto
España, a lo largo de su extraordinaria historia y obviando las conquistas de territorios más conocidos, ha llegado a gobernar, también, enclaves inverosímiles, (cierto que, generalmente, por cortos periodos de tiempo), como fue el caso del norte de Taiwán, parte de la Columbia Británica, numerosas islas de la micronesia, participó, con Francia, en la conquista de Vietnam, se enfrentó a samuráis japoneses en Filipinas, a los apaches en Nuevo México o a los seminolas en Florida.
El descubrimiento de América en 1492 trastocó los planes africanos de los Reyes Católicos, que enfocarían la mayor parte de las empresas en el Nuevo Mundo, por lo que se llegó a dar la paradoja que los territorios más cercanos fueron en gran medida postergados. Pero, como nos recuerda Antonio Manuel Carrasco en su Reino Olvidado, (La Esfera de los libros 2012), aunque la proyección española en África fue muy inferior a la realizada en América, ha existido una extraordinaria interacción con nuestro continente vecino.

Tánger a finales del siglo XIX
Me gustaría centrarme en esta ocasión en una ciudad muy especial. Tánger, ciudad milenaria con una muy dilatada historia, la ciudad de la diosa Tingis de la mitología bereber, nombre por el que era conocida en época romana y con la que España ha tenido una intensa relación, aunque por breves periodos de tiempo.
En el siglo X, el califato cordobés de Abderramán III abarcaba varias plazas del norte de África, incluyendo Tánger, ciudad que siguió vinculado a los Omeya hasta Hisham III, para pasar posteriormente a depender de la Taifa de Málaga, denominada entonces «la Blanca».
Plano de Leonardo de Ferrari de las fortificaciones portuguesas de Tánger, c. 1655
Ya en el siglo XV serán los portugueses quienes intentarán tomar la ciudad. Tras varios intentos lo consiguen en 1471, en tiempos de Alfonso V, quien, para garantizar su defensa, entendiendo que era demasiado grande, tomó una peculiar decisión. Demoler tres cuartas partes de la ciudad. Tras numerosas vicisitudes y aguerridas defensas, en 1580, con la Unión Ibérica pasa a dominio de los Habsburgos y en 1661 a dominio inglés, al ser entregada como dote a Carlos II por su boda con Catalina de Braganza.
En 1684 vuelve a manos musulmanas y en 1786 España abre allí su primer consulado. En el siglo XIX y principios de XX se convirtió en un claro objetivo para las principales potencias europeas. Para los franceses, porque le daría salida a su protectorado en el norte. Para Reino Unido y España porque lograrían un control más férreo del estrecho, para Alemania por el prestigio de obtener una plaza importante en el norte de África.
Ese juego cruzado de intereses llevó a la conferencia de Algeciras de 1908 en el que se establecería una zona internacional, con un estatuto propio y administrada por las potencias signatarias. Tras la Primera Guerra Mundial se firma el tratado entre España, Francia y Reino Unido. Más tarde se sumarán Suecia, Portugal, Bélgica, Países Bajos, Estados Unidos e Italia.
En junio de 1940, cuando las tropas alemanas toman París, Franco, a su vez, envía tropas a Tánger y la ocupa. En noviembre se decreta la suspensión del estatuto y el control español de la ciudad. La Alemania nazi reconocería esta administración española. El resto de las potencias pondrán objeciones, pero mirarán para otro lado, para no trasladar a Marruecos el conflicto europeo.
Para Carrasco, el Tánger de la Segunda Guerra Mundial reflejaba mucho mejor que Casablanca el ambiente que recreo Michael Curtiz en la célebre película. Sin embargo, se escogió Casablanca por formar parte del protectorado francés, lo que era necesario para imágenes míticas, como la de Victor Laszlo, (Paul Henreid), desafiando a los nazis y cantando la marsellesa.
Sin embargo, la ciudad cosmopolita, de espías, contrabandistas, exiliados, artistas e individuos de todo pelaje y condición fue aquella Tánger que permaneció española hasta la derrota del III Reich, cuando volvió a regir el estatuto. Para entonces la huella española era claramente visible. La mayor parte de la población hablaba castellano y se llegaron a editar hasta tres diarios españoles y varias revistas. A partir de los cincuenta y con un notable desarrollo económico se convierte en lugar de moda para muchos escritores y artistas.
En Tánger residirán entre otros Paul Bowles, Tennessee William, Samuel Beckett, Barbara Hutton, Patricia Highsmith, Francis Bacon o Truman Capote, quien diría que ante «el zoco de Tánger todos se sienten en estado de libertad».
Con la independencia, Tánger pierde glamur, riqueza, cosmopolitismo y toda esa pléyade de estrellas de una imposible bohemia magrebí, para pasar a ser una ciudad marroquí más. Hasán II la repuebla con gente del sur en un intento de borrar su españolidad, aunque curiosamente en 1961 se edifica la catedral de Tánger, como legado de los franciscanos españoles. Otros lugares que recuerdan al Tánger español perviven, como la gruta de Hércules, a menos de 20 km de la ciudad, la plaza de toros o el teatro Cervantes inaugurado en 1913. Vestigios de una, ya cada vez más lejana, huella española que se resiste a desaparecer.