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César Wonenburger
Bocados de realidadCésar Wonenburger

Trueba a falta de Azcona, bostezo infinito

Azcona y Trueba, La Scala y el Teatro Real, Garci y el feminismo, chicas DJ y Houellebecq para la primera entrega de estos «bocados»

Actualizada 04:30

El escritor francés Michel Houellebecq

El escritor francés Michel HouellebecqGTRES

Después de un efímero paso por las salas que ya resulta significativo, las plataformas estrenan sin mucha propaganda el último filme de Fernando Trueba, aquel que protagoniza un maduro Matt Dillon haciendo las Américas, pero al revés. A la media hora se entiende su fracaso comercial: aún no ha pasado nada y encima el doblaje es de los peores que se hayan podido apreciar en estos últimos tiempos. La diferencia que media entre «Bèlle Epoque» y esta fallida «Isla perdida» se halla en el desaparecido Rafael Azcona, maestro de guionistas.

La Scala triunfa, el Real «sostiene»

El Teatro Real acaba de dar el «do pecho» (o «ut de poitrine», que le llamaban en tiempos del tenor francés Gilbert Duprez). En estos últimos años, ha logrado «mantener su huella de carbono negativo en alcance 1 y 2 para consolidarse como un espacio de actividad y producción artística sostenible», según acaba de proclamar orgulloso. Mientras tanto, la Scala de Milán, a cuyo reciente inicio de temporada el New York Times le ha dedicado una página este domingo, superó ampliamente el millón de personas que en todo el mundo siguieron, ese día, el estreno de La forza del destino, su Verdi español. Son ligas distintas.

Feminismo sin lecciones moralizantes

A José Luis Garci le sorprendía estos días, sin hacerse demasiadas cruces, que Jeanne Dielmann (1975), el minucioso (hasta la extenuación) retrato de las labores domésticas de una mujer durante tres días, hubiese sido escogida hace un par de años como el mejor filme de todos los tiempos. Slavoj Zizek, omnipresente filósofo pop de nuestros días, intentando comprender la elección de la revista Sight and Sound, apunta algo interesante en Mundo loco. Lo que haría tan apreciable la obra de Chantal Ackermnann en estos tiempos «es que pertenece claramente a otra época, en la que el feminismo aún no había retrocedido al rigor moralista vacío de la cultura de la cancelación». Si él lo dice…

Las chicas son 'DJ'

En otros tiempos, los cachorros de la jet con inquietudes artísticas aspiraban, como mucho, a dirigir una película. Aunque los más se contentaban con colocarle algún lienzo perpetrado a ratos, entre juerga y chapuzón veraniego, a la tía abuela Casilda, que además de hacerle mucha gracia esas cosas de los niños siempre llevaba un talonario en el bolso. Después ya vendría la moda de las fotos (que no exige tanta preparación). Pero últimamente, lo más «cool» es ser DJ. Las nuevas aristócratas, en lugar de un poemario, vienen con la lista del Spotify, se plantan en la fiesta y encima te cobran. Ellas ganan por goleada y han sustituido a Paulo Wilson, el ex marido de la hija pequeña de Suárez, entre las preferencias de los saraos más distinguidos. Claro que por mucho Wilson que exhibas en el carnet, si te llamas Isabella Massanet, y encima estás cañón, la elección parece obvia.

Cambiar para volver al mismo sitio

Al gran Michel Houellebecq le preguntaron durante los estertores de la pandemia cómo creía él que saldría la gente después de aquellas jornadas reflexivas del COVID. Lo clavó cuando dijo: «Igual, pero peor». Un compatriota suyo, Pascal Bruckner, publica ahora un interesante ensayo, Vivir en zapatillas, sobre las consecuencias de aquellos encierros que se pasaron las constituciones por el forro, y otros asuntos de actualidad. Acerca de esa práctica que todas las semanas nos descubre una nueva demanda o posibilidad original de seguir dándole cuerda al infinito carrusel en el que se ha convertido el género, sostiene: «Evolucionar de un estado a otro, decirse fluido o no binario se convierte en una identidad, es decir, en otra reclusión». Tantas vueltas para regresar siempre al mismo sitio.

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