Érase que se era: la culpa siempre es de la caza
El gobierno, para respaldar su política ambiental, había creado bastantes organismos que se llamaban científicos y repartido millones en subvenciones entre sus afines. Seguir la política de marcha atrás de sus vecinos supondría la ruina económica

Ejemplar de lobo ibérico en Castilla y León
Érase un país africano, llamémosle Zambezeelandia, con una rica y variada fauna de la que destacaba una numerosísima población de gacelas, ñúes y cebras, cuyas migraciones eran todo un espectáculo de la naturaleza que atraía a un buen número de turistas. Pero se dio la circunstancia de que un grupo empresarial turístico, especializado en avistamientos de grandes felinos, reclamó porque no era fácil llegar a verlos, dado que, como se cazaban, se escondían del hombre. Era por ello preciso una política que tendiera a la multiplicación de estos maravillosos animales y a que perdieran su respeto al ser humano, por lo que se acabó con la concesión de licencias para el abatimiento de felinos, por mucho que solo lo fueran en un porcentaje muy limitado. Al cabo de dos decenios, los grandes felinos, ya mucho más numerosos, permitían un turismo de pseudo aventura mucho más lucrativo para el grupo empresarial que reclamó y consiguió esa política de absoluta prohibición de abatimientos.
Pero, como nunca llueve a gusto de todos, las quejas empezaron a florecer. Poco importaba al gobierno los lloros de las empresas de safaris que antes comercializaban las licencias para matar esos grandes felinos. Lo peor es que ahora también se quejaban muchos aldeanos y hasta algunos ecologistas. Resultaba que, al multiplicarse hasta por treinta el número de felinos, el de herbívoros había disminuido a un 20 por ciento. Al faltar ese alimento habían empezado a atacar al ganado. Al tener que estabular al ganado y faltar herbívoros silvestres, no había quien comiese el pasto, por lo que los incendios y su intensidad se habían agravado enormemente. Pero, además, también se quejaban las empresas turísticas que antes se ganaban muy bien la vida con clientes que querían ver las grandes migraciones de esos otrora numerosísimos herbívoros.
La cuestión era tan clara que países vecinos, como Kikuyulandia o Massailandia, que habían seguido una política de protección de felinos igual a la de Zambezeelandia, habían vuelto a dar licencias de abatimiento de esos grandes gatos. Los experimentos con gaseosa y, al pasar a la dinamita, se habían volado las manos. La marcha atrás urgía, en beneficio de la propia naturaleza y su normalidad.
El problema en Zambezeelandia era que el gobierno, para respaldar su política ambiental, había creado bastantes organismos que se llamaban científicos y repartido millones en subvenciones entre sus afines. Seguir la política de marcha atrás de sus vecinos supondría la ruina económica y el descrédito científico de los que vivían del «proyecto gran gato». Y el gobierno llevaba muy a gala «defender a los suyos y no dejar a nadie de ellos atrás».De nada valieron las quejas de los granjeros y el abandono de cerca de un 25 por ciento de la actividad ganadera
De nada valieron las quejas de los granjeros y el abandono de cerca de un 25 por ciento de la actividad ganadera. De nada que el país perdiera unos más que interesantes ingresos por los safaris de los grandes felinos y por las visitas a las grandes migraciones. De nada que mantener económicamente el «proyecto gran gato» le saliera al país por un ojo de la cara; al fin y al cabo, era dinero público, que no es de nadie.
Y a un asesor se le ocurrió una idea luminosa: echemos la culpa a los cazadores, que tienen muy mala fama. Además, invirtamos un poco más de dinero público en medios de comunicación afines y digamos que los cazadores añaden un problema extra, como es que esparcen plomo por el campo y lo contaminan gravemente. Como decía el nazi de Göebbels, una mentira repetida mil veces se convierte en verdad.
Ahora cambien felino por lobo y Zambezeelandia por España.
- Antonio Conde Bajén es miembro del Real Club de Monteros