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A vuelta de páginaFrancisco Rosell

El psicópata Bretón y la «buena prensa» del verdugo

La única víctima carga con el mayor de los desamparos mientras corre caudaloso el reguero de rencor del asesino sin que esa torrentera de bilis encuentre dique

Actualizada 01:30

«A la gente lo que más le gusta es darle la mano a un asesino», concluye Joe Griffit en «Cinco minutos de gloria», la película de Oliver Hirschbiegel, autor asimismo de «El hundimiento» sobre los últimos días de Hitler. Lo asevera tras ser testigo inadvertido veinticinco años atrás del homicidio de su hermano mayor —un joven católico irlandés— por unos mozalbetes protestantes que deciden perpetrar este atentado para adquirir notoriedad y asistir un cuarto de siglo después a un reality show con el cabecilla de los malhechores a fin de explorar una mutua conciliación.

En la cita, contrasta el aspecto tranquilo y sosegado del verdugo Alistair, un aparente gentleman, con la excitación y agitación de Joe, diagnosticado de esquizofrenia desde aquella jornada negra. En realidad, este último acude para tener también los cinco minutos de gloria de los que gozó el joven Alistair y lavar la sangre descerrajando un tiro a quien arruinó su existencia de por vida harto de una época que victimiza al verdugo y afrenta a sus víctimas, cuya sangre seca tan pronto como el olvido. Así, haciendo del «sumo Derecho suma injusticia» (Summum ius summa iniuria), como sentenció Cicerón, se homenajea —como con ETA— a los matarifes y se vilipendia a sus desnucados.

No en vano, quienes determinan caprichosamente quiénes son héroes o facinerosos son los dueños del adjetivo. De esta guisa, «si matas a un hombre, no ha sucedido nada; si alguien te llama asesino, entonces has cometido un asesinato». Ello posibilita que, lejos de pudrirse en la cárcel, los forajidos se alcen como héroes. Es más, incluso se les faculta para poner los hechos del revés como acontecen con la memoria democrática española. De ahí que lo que le quitaba el sueño al escritor Primo Levi, superviviente de Auschwitz, no era tanto que las generaciones venideras no compartieran su desolación, sino que no reconocieran la verdad.

Por la misma razón y proceder, Ruth Ortiz, la afligida madre de los dos pequeños cordobeses sacrificados en 2011 por su exmarido como venganza contra ella por pretender separarse del psicópata, puede que se sienta como el personaje de Joe Griffit con el libro con el que el parricida, valiéndose de un escriba sin escrúpulos que antes lo fue de Pedro Sánchez, ajusta cuentas con quien jamás se repondrá de su terrible zarpazo de la alimaña. Erigiéndose en dueño del adjetivo, el publicista Luisgé Martín ha trocado en «la pluma del diablo», según la infausta madre.

En su opúsculo, Bretón se ratifica en la autoría del crimen por el que cumple 25 años de pena efectiva (saldrá en 2036, con 63 años de edad) y desliza venenosamente que se quedó aguardando una reconsideración de la madre sobre el divorcio para que ésta se sienta culpable de que él inmolara «a mi José y a mi Ruth», tras 15 días planeándolo todo porque «quería hacerle daño a ella». «Tranquilos, los niños no sufrieron. Yo jamás les haría daño», se justifica, aludiendo a que los quemó tras drogarlos, un canalla que reencarna a Jack Nicholson en «El Resplandor», la novela de terror de Stephen King de la que guardaba un ejemplar en la mesilla de noche y que narra la historia del vigilante de internado que desata una trágica espiral de violencia contra mujer e hijo.

Pese a que Ruth Ortiz solicitó el amparo legal con el respaldo de la Fiscalía de Córdoba para que el pasquín de Bretón no se publicara por estimarlo un atroz ensañamiento contra ella y su prole conforme a la Ley de Protección del Menor, el juez no ha atendido la petición de medidas cautelares para no perjudicar la libertad de expresión. Pero, al margen de la resolución judicial de un togado que se la ha cogido con papel de fumar para no ser tildado de inquisidor, como acaece cada vez que las víctimas del terrorismo recurren las afrentas etarras, la responsabilidad directa cabe achacarla a una editorial presta a hacer caja bajo la bandera de conveniencia de una libertad que encenaga y de un escriba que, farisaicamente, literaturiza los correos de quien revictimiza a la madre de sus hijos.

Que la obra difamadora zahiera a Ruth Ortiz y a su familia no le preocupa a la editorial Anagrama que, para encubrir tal desafuero, se pone estupenda haciendo un tramposo guiño a «El adversario», de Emmanuel Carrère, o «A sangre fría», de Truman Capote. Con sólo anunciarse su salida, ya ha satisfecho la insaciable sed de venganza del asesino, la nombradía del libelista y los euros que acaricia la sociedad editora con ojos deslumbrados de tio Gilito. No es de extrañar que le resultara «distractivo cualquier otro punto de vista, especialmente el de Ruth Ortiz», según el ejecutor de «El odio», para consumar su fechoría. Ante tal abyección, hay que interrogarse también hoy y aquí como hacía el gran Samuel Johnson sobre la Inglaterra de su tiempo: «¿Cómo es que los más clamorosos gañidos por la libertad los oímos entre los tratantes de esclavos?»

Por eso, la única víctima carga con el mayor de los desamparos mientras corre caudaloso el reguero de rencor del asesino sin que esa torrentera de bilis encuentre dique. A la postre, las teóricas leyes de salvaguarda de las víctimas revierten en favor de los victimarios con la anuencia de las autoridades en unos casos y de mercenarios de la escritura en otros como la de quien, según admite, sólo le diferencia de Bretón su cobardía frente al crimen. Presume de haberle arrebatado la palabra a su interlocutor entre rejas por el curioso método de hacerla suya y blanquear su terror.

A este respecto, en vez de retratar la baja calaña del parricida, Luisgé Martin exhibe su catadura moral. Pero no sólo la suya, sino la de su familia, empezando por su madre, sobre la que afirma que le despejó todas dudas sobre si debía acometer el endiablado empeño que había desechado previamente el periodista y escritor Pedro Simón. La progenitora, en cambio, de este último le puso por delante el Dolor con mayúsculas de Ruth Ortiz. Según ha contado, Simón ya se abalanzaba sobre el ordenador con los dedos inquietos tras aceptar la proposición indecente de Bretón para escribir lo que éste quería dictarle y ofrecérselo a la editorial que le puso delante un bonito cheque que le hacía chiribitas en un momento de apremio familiar.

Oyendo esta vez a su madre, viejo perro resabiado de alguna herida profunda, Simón dio un respingo y dijo no, salvando su alma de periodista porque estos, en ocasiones, también tienen madre evocando la histórica portada de ABC sobre los guardias civiles asesinados en los años de plomo de la lucha contra ETA. Pero, como Satán no descansa y debe estar amigado con él desde que tenía habitáculo en la Moncloa como escribidor de discursos a Sánchez lleno de improperios contra sus rivales, Luisgé Martín ha puesto su péndola venal esta vez al servicio de Bretón para que éste derrame como hierro candente su resentimiento sobre las heridas imposibles de cicatrizar de Ruth Ortiz.

«¿Cuántas veces, desde el 8 de octubre de 2011, ha deseado estar muerta?», se inquiere sin responderse el propio Luisgé Martín, quien parece haber reescrito la correspondencia de Bretón para que Ruth no deje ni un minuto de desearlo. Hay infamadores a los que lo que más le gusta, parafraseando a Joe Griffin en Cinco minutos de gloria, es estrechar la mano a un asesino para que se sepa, como en este caso, que el Bretón de hoy es el mismo que el de 2011. Banalizando el mal, exaltan y enardecen el odio hasta hacer de este, no ya el título de un libro, sino su divisa. Malos tiempos cuando los asesinos gozan de esa buena prensa entre los desalmados.

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