Fundado en 1910
Erin Doherty y Owen Cooper, en una escena de la serie Adolescencia

Erin Doherty y Owen Cooper, en una escena de la serie AdolescenciaNetflix

Series

¿Es 'Adolescencia' la mejor serie de Netflix de los últimos años?

La serie que está triunfando en la plataforma es una obra mayor de la televisión reciente, provocadora e implacable

Hay un larguísimo primer plano —de esos que parecen rutinarios pero que, en su quietud, van configurando la hondura de toda la serie— que anticipa con puntualidad la postura narrativa y moral de Adolescencia. La investigación de un crimen brutal se encuentra en sus primeras horas, un homicidio que desafía el entendimiento de la condición humana. En la comisaría, un chaval (¿ya adulto?) debe desnudarse ante los agentes para que examinen cualquier posible herida o evidencia oculta en sus partes íntimas.

Son cuatro minutos incómodos tanto para los policías que con exquisita profesionalidad ejercen su deber como para la enfermera y el abogado de oficio que calladamente se dan la vuelta para no ahondar en la vergüenza del crío. Para el padre, sin embargo, ese tiempo parece dilatarse hasta la eternidad. La cámara, centrada durante todo este tramo en el rostro de Stephen Graham (un actorazo que encarna a la perfección al inglés de clase obrera, con ese marcadísimo acento mancunian), nos deja dos enseñanzas. La primera, narrativa: la ambigüedad de los hechos y la dificultad de reconstruir, comprender y aceptar lo sucedido. La segunda, moral: el pudor militante con el que los creadores abordan un tema que, en el mundo real, caería en las garras de los hambrientos cuervos amarillistas. Es decir, en esta portentosa Adolescencia el espectador va a pulular siempre en desventaja epistemológica y lo escabroso permanecerá en una respetuosa –pero también angustiosa– zona de sombra.

Esta doble precaución, tanto narrativa como moral, catapulta a Adolescencia hacia un territorio artístico sublime y emocionalmente perturbador. Es un drama difícil de asimilar, exigente, puesto que obliga a la audiencia no solo a trabajar para cimentar las elipsis, sino también a ponerse en la piel de unos personajes enfrentados a una pesadilla que jamás habrían imaginado. Es como si el joven Jaime amaneciera Gregorio Samsa, y los Miller, sin saberlo, se vieran obligados a navegar por un laberinto burocrático, buscando las llaves de un imposible castillo de confesiones policiales, peritaciones psicológicas, emojis de Instagram y demoledoras grabaciones de cámaras de seguridad.

A todo este alto octanaje trágico Adolescencia le suma un triple salto mortal estético: el plano-secuencia. Esta práctica, que ha dejado algunas de las secuencias más memorables en la historia del cine —desde el inicio de Sed de mal hasta la emboscada en Hijos de los hombres, pasando por la persecución en el estadio de El secreto de sus ojos o el acceso al Copacabana en Uno de los nuestros— también ha sido abrazada por la televisión contemporánea. Los seriéfilos pueden recitar el arresto de True Detective, la pelea en el pasillo de Daredevil o la masacre de Quan Thang en la infravalorada Quarry. Adolescencia asciende a ese panteón llevándolo un paso más allá. Cada hora en una sola toma, ¡¡pum!!

Y lo que podría parecer un recurso estilístico gastado se convierte aquí en algo deslumbrante, un monumento a la habilidad cinematográfica, algo que el director de los cuatro episodios, Philip Barantini, ya había ensayado en Hierve (2021). Adolescencia se aúpa como referencia ineludible al hablar de la historia del plano-secuencia, puesto que echa su cuarto a espadas con, por un lado, un pasmoso virtuosismo que incluye movimientos de grúa, enlaza con fluidez personajes que se cruzan, atraviesa ventanas minúsculas o se monta y baja de vehículos sin perder taquicardia narrativa (el arresto se siente como un bofetón a mano abierta) ni ardor dramático (¡qué tercer episodio cara a cara!). Cada uno de sus cuatro capítulos se convierte en un ejercicio nada forzado de urgencia, caos y espontaneidad, donde los cortes y la postproducción parecen no existir.

Por otro lado, la audacia del montaje continuo y sin cortes multiplica el aliento de autenticidad y verdad, amplificado por un puñado de actores prodigiosos. Todos exhalan ese camaleonismo británico que tan bien sabe combinar cotidianidad y angustia, pero merece la pena detenerse en la interpretación de Owen Cooper, el joven protagonista. Del brote psicótico que asoma en esas mandíbulas apretadas a la fragilidad en la mirada de quien duerme aún con un osito de peluche, de la voz trémula en las mentiras que él mismo se cree a la desazón gestual por unas verdades que a casi nadie convencen, la naturalidad y variedad de registros del zagal auguran una carrera muy prometedora.

A pesar del entusiasmo crítico y de todas estas virtudes técnicas, puede que Adolescencia no sea para todo el mundo. Es una serie que requiere estómago. Su historia es cruda, severísima, en muchos momentos difícil de soportar. Lo que está en juego aquí no es solo el sufrimiento de sus personajes. Es la verdad que se despliega con una franqueza sin adornos, obligando al espectador a enfrentarse a la inclemente realidad de sus propios prejuicios y temores.

Adolescencia refleja cómo la omnipresencia de móviles y redes sociales actúa como un espejo distorsionado que magnifica las inseguridades y facilita la creación de nuevas realidades, con un poder que las generaciones anteriores no podían ni imaginar. Hay bullying, hay radicalización, hay chismorreo, hay frustración… y también abundan los padres en Babia, los profesores superados y los polis en fuera de juego. Es en este choque entre lo digital y lo humano donde la serie irradia otro núcleo alarmante: el del reflejo distorsionado de una sociedad que ya no sabe cómo medir sus propias sombras.

En ese carácter agónico es donde también se aprecia la filiación de Jack Thorne, el creador de Adolescencia junto al propio actor Stephen Graham. Thorne se ha forjado en el universo de Shane Meadows, quien, con obras como This Is England o The Virtues, se ha ganado un lugar como uno de los narradores más atrevidos, sinceros y lacerantes del panorama británico. Con Adolescencia, Thorne enriquece ese caldo de cultivo de realismo social, donde los límites del dolor humano y la inadaptación se exploran con una lucidez que no teme incomodar. Esta serie, que lo está petando en Netflix, supone la cristalización de su visión, influenciada sin duda por el estilo áspero y directo de Meadows, pero con un sello propio que se disfraza inicialmente de thriller para desembocar en una vigorosa reflexión sobre tantos interrogantes de la condición humana para los que no hay respuestas fáciles ni unívocas, sino demasiadas incógnitas por despejar.

Porque a lo largo de las cuatro horas de Adolescencia comparecen los contornos difusos de la culpa, esa frontera inestable entre lo que uno ha hecho y lo que podría haber evitado. La complejidad de la verdad se desvela como una maraña de contradicciones, donde lo que se ve, se sabe y se asume nunca coincide. En sus entrañas late también el dilema de aceptar haber criado un monstruo, cuando ni siquiera habías escuchado antes ni un rugido. Esos remordimientos hacen que la serie no esquive la responsabilidad paterna ante el fracaso filial, explorando el asfixiante peso de las expectativas incumplidas y las heridas no sanadas. Cómo pasar página, cómo aceptar lo inadmisible, cómo convivir, ay, con el horror callado.

Adolescencia es una obra mayor de la televisión reciente, provocadora, implacable, de esas que te dejan tan noqueado emocionalmente que necesitas días para terminar de digerir. Al igual que muchos de los mejores dramas de nuestra era, su paradójica belleza reside en intentar alumbrar las oscuridades del alma humana, en retratar lo incómodo y en reordenar un rompecabezas para el que faltan piezas. Pero, sobre todo, su dolorosa grandeza es que nos obliga a mirar de frente… cuando preferiríamos mirar hacia otro lado.

Temas

comentarios
tracking