
Muerte de Churruca en Trafalgar, óleo de Eugenio Álvarez Dumont, Museo del Prado
Quién fue Churruca, el héroe olvidado de la Armada que combatió contra seis navíos ingleses en Trafalgar
En el fragor del combate, una bala de cañón destrozó la pierna derecha de Churruca, causándole una hemorragia fatal, pero mantuvo en su puesto y ordenó a su dotación que continuase combatiendo
Cosme Damián de Churruca y Elorza es una figura totalmente desconocida para muchos. Sin embargo, fue uno de los marinos ilustres más destacados de la Armada española del siglo XVIII. Nació en Motrico, un puerto pesquero de tradición marinera de Guipúzcoa el 27 de septiembre de 1761. Procedente de una familia hidalga. Su padre era letrado y su tío, quien tuvo gran influencia en nuestro marino, secretario del rey. Además, con unos orígenes de larga trayectoria en el comercio marítimo, era más que evidente que su vida y su destino se escribiría a bordo de un buque, desde su participación en misiones científicas en Perú y Brasil a los combates contra los británicos en el Mediterráneo.
Se formó en el Seminario de Vergara y más tarde, con apenas 15 años, Churruca ingresaría en la Real Compañía de Guardiamarinas de Cádiz en 1776. Allí se formó en ciencias, además de la instrucción militar, como era habitual en los estudios de la nueva Armada ilustrada que habían diseñado marinos como Jorge Juan. En marzo del año siguiente se trasladó a la escuela de Ferrol, donde continuó su formación y fue profesor de matemáticas. Dos años después de iniciar su carrera militar ascendió.
Durante los años de academia destacó por ser un gran estudioso y un militar ejemplar. Tras acabar su formación, sus primeras singladuras trascurrieron entre el Mediterráneo y el Atlántico, donde participó en misiones rutinarias de patrulla y escolta de convoyes. Uno de sus primeros embarques fue en el navío San Vicente Ferrer y pronto fue nombrado ayudante del general Ponce de León. A los 21 años participó en el trágico asedio de Gibraltar como miembro de la dotación de la fragata Santa Bárbara, donde sus acciones bajo el fuego enemigo le vieron la promoción a Alférez de Navío.
Además de las acciones de guerra, Churruca participó en la expedición científica que debía marcar los nuevos límites políticos entre los territorios españoles y portugueses del Virreinato de Perú y Brasil entre 1789 y 1795, según se estableció años antes en el Tratado de San Ildefonso. También trabajó en el Real Observatorio de Cádiz, que «le acreditó como hidrógrafo, astrónomo y cartógrafo, entre otras varias ciencias, convirtiéndole así en una de las glorias de nuestra Armada Ilustrada y un referente científico mundial.«Como muestra, durante la estancia de su navío en Brest, recibió el regalo de una pareja de pistolas de honor del mismo Napoleón», como comenta el coronel Santiago J. Acosta Ortega, director de Estudios e Investigación del Instituto de Historia y Cultural Naval de la Armada. Las pistolas las conserva uno de sus descendientes. Como marino científico, Churruca inventó un mecanismo para limpiar los fondos de un buque sin necesidad de entrar en dique y «diseñó el modo de calcular matemáticamente el quebranto del casco de un navío», detalla el Coronel.
Ciencia y guerra ilustrada
El ilustre marino «era el arquetipo de marino ilustrado de su época; una combinación de un científico eminente, de valía reconocida en España y fuera de ella, y un militar heroico como demostró en varias ocasiones a lo largo de su carrera, y especialmente con su muerte en Trafalgar», explica el coronel Acosta Ortega.
En octubre de 1805, el capitán de navío Churruca comandaba el navío de línea San Juan Nepomuceno, un buque imponente de 74 cañones, que en pocos días se enfrentaría a su destino en la batalla de Trafalgar. El Nepomuceno formaba parte de la flota combinada franco-española, bajo las órdenes del teniente general Federico Gravina, comandante en jefe de la escuadra española, y el vicealmirante francés Pierre-Charles Villeneuve.
Diez días antes de la batalla, Churruca escribió «parece que el objeto es entrar en el Mediterráneo, pero yo lo veo muy difícil, si los temporales del invierno no dispersan o debilitan las fuerzas enemigas. […] Adiós, mil abrazos a madre, Vicenta, Dominica, Juanola y niños, mantente bueno». Una carta en la que le Churruca mostró sus reticencias a la estrategia naval que los mandos habían decidido, aunque su análisis no limitó el cumplimiento de sus órdenes. De hecho, en otra misiva escrita a su hermano le pidió que «si sabes que mi navío ha sido hecho prisionero, di que he muerto», lo que demuestra la valentía y el honor que lo caracterizaron como hombre de mar y oficial de la Armada española.

Navío San Juan Nepomuceno apresando a la fragata británica Ellis. Pintura de Carlos Parrilla
Dos días después, la flota combinada franco-española y la Royal Navy se enfrentaron frente al Cabo Trafalgar. El San Juan Nepomuceno quedó en la retaguardia de la escuadra, a la cola de esa formación en línea de batalla que había ordenado Villeneuve. Churruca y su dotación tuvieron que hacer frente a los cañonazos del HMS Defiance, con los mismos cañones que el buque español, y a otros cinco buques más, entre ellos, el HMS Dreadnought, de 98 cañones y el HMS Tonnant de 80 cañones.
En el fragor del combate, una bala de cañón destrozó la pierna derecha de Churruca, causándole una hemorragia fatal: «bajó herido a las cuatro y media y murió a las ocho, no me separé un minuto de la vera suya», describió Manuel, el criado del comandante del Nepomuceno.
A pesar de su herida mortal, se mantuvo en su puesto y ordenó a su dotación que continuase combatiendo mientras él siguiera con vida. Al final murió desangrado, pero como un héroe combatiendo contra seis navíos ingleses a la vez, y dejando un legado difícil de superar en el combate y las ciencias.