Fundado en 1910
En Primera LíneaJavier Junceda

Americanadas

Antes, lo que aparecía del oeste lo clasificábamos como soberana horterada o digno de copiar. La deslumbrante elegancia urbanística de los Hamptons entraba en la segunda categoría. Y las melodías de los eternos trovadores, las obras de Faulkner o Steinbeck y sus infinitos logros científicos

Actualizada 01:30

Del otro lado del Atlántico no solo llegan borrascas en invierno. También lo hacen propuestas lúdicas o culturales que recibimos en ocasiones con cretino embeleso. Como los estadounidenses acumulan décadas dominando la industria del entretenimiento, y ahora los contenidos digitales, no dejan de enviarnos materiales que aquí consumimos con fascinación, aun cuando se trate de simples majaderías. Del Halloween saltamos al Black Friday, y sustituimos a las cabalgatas de los Reyes Magos por las de un señor gordo de barba blanca y vestido colorado. O abarrotamos los establecimientos de restauración de origen yanqui donde se come con las manos y necesitas ayuda farmacológica para la digestión. Las continuas graduaciones escolares festejan ya desde la caída de los dientes de leche a la salida del acné. Y las universitarias son como bodas que deben costear las sufridas familias.

Ame

Lu Tolstova

Antes, lo que aparecía del oeste lo clasificábamos como soberana horterada o digno de copiar. La deslumbrante elegancia urbanística de los Hamptons entraba en la segunda categoría. Y las melodías de los eternos trovadores, las obras de Faulkner o Steinbeck y sus infinitos logros científicos. O su patriotismo y envidiable pujanza económica o deportiva. Pero, de un tiempo a esta parte, no dejan de arribar modas lamentables que reproducimos con notorio papanatismo, a pesar de tratarse de una colección de memeces dignas de inmediato olvido.

La gorra de béisbol causa furor, por ejemplo. Los jóvenes europeos que la llevan acostumbran a combinarla con camisetas flojas y pantalones que permiten ver donde la espalda pierde su casto nombre. Parecen personajes salidos de videojuegos, porque el empantallamiento dicta para muchos la forma adecuada de vestir. A algunos de estos chavales les suelo aconsejar que se saquen muchas fotos para verlas cuando estos gustos terminen y se echen unas risas a cuento de sus ridículas indumentarias actuales.

A estas extravagancias se han venido a sumar, en los últimos años, maneras políticas difíciles de encasillar. Nada que ver con las de los grandes patricios que forjaron esa colosal nación y legaron al mundo principios que aún alimentan a las democracias. Ni siquiera recuerdan a memorables dirigentes que han destacado al frente de ejecutivos republicanos y demócratas. Los modos que se estilan son de una genuina plutocracia que orilla los valores que han cimentado su esplendor, impregnándolo de decencia. Soltar ocurrencias contradictorias, cuando lo protagoniza el líder de una superpotencia, es preocupante. Esas gratuitas exhibiciones de testosterona no son lo más edificante para gobernantes en ningún país, y mucho menos para Norteamérica, dada su extraordinaria historia y su enorme trascendencia en todos los órdenes. Y no me digan que acompañarse de personalidades en apariencia más presentables puede compensar tamaños desvaríos, porque nadie en su sano juicio se juntaría a gentes así, aunque fuera para intenciones loables, como las de acabar con la dichosa dictadura woke.

Que algo tan trágico y pintoresco a la vez se produzca habría que preguntárselo a los principales partidos americanos. Resulta incomprensible que no hayan sabido encontrar fórmulas equilibradas y candidatos con clase, que garantizaran el éxito electoral y el progreso socioeconómico. Unos y otros han facilitado que se dé rienda suelta a demagogias hiperventiladas típicas de los cómics, en lugar de afrontar los problemas reales del ciudadano medio, descuidando sus ideas sobre los principales asuntos, que no suelen ser demasiado sofisticadas sino bastante elementales.

Occidente debiera huir siempre de esos irresponsables ademanes pendencieros, procedan o no de tradicionales aliados reconvertidos hoy en extraños enemigos. Y enfrentarlos con determinación, organizándose como corresponde. Hemos de hacerlo con fundamento en los criterios que fraguaron la unión institucional de Europa cuando nadie daba un duro por ella. Sus padres fundadores lo harían, porque defendían la importancia de la razón frente a la inconsciencia, la encarnara un matón rubio, otro calvo o un tercero con los ojos rasgados.

Existe un anchuroso espacio para los que consideran posible la moderación, el entendimiento basado en el respeto y la firme defensa de aquello en lo que se cree. Pero esto último nunca ha sido necesario hacerlo con aspavientos. De ahí que debamos desdeñar cualquier nueva o vieja americanada, tenga pinta de fanfarronada pasajera o amenace con provocar imprudentes desaguisados en un mundo que merece mayores dosis de lucidez y serenidad.

  • Javier Junceda es jurista y escritor
comentarios

Más de En Primera Línea

tracking