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Perro come perroAntonio R. Naranjo

Asuntos de Estado

El mayor de todos es no tener a un presidente secuestrado por quienes ponen en peligro a España

Actualizada 01:30

No hay mayor asunto de Estado que evitar que un país esté en manos de sus enemigos. Y eso es lo que hizo Pedro Sánchez al forzar su investidura, la de un perdedor, con los votos de partidos cuyo objetivo fundacional es la destrucción de España, que no esconden: de Puigdemont y compañía podrá decirse de todo, pero no que sean incoherentes.

De ahí para abajo, no hay asunto de mayor relevancia que justifique la apelación del presidente legal e ilegítimo a la responsabilidad de la oposición para que, una vez más, le rescate de su propia trampa: por graves que sean las amenazas externas de Rusia, los intereses de China, el desafío de Marruecos o la indiferencia de Estados Unidos; ninguna supera en estos momentos la que encarnan los partidos separatistas y el comunismo tropical que mantiene a Sánchez en la Moncloa con respiración asistida, como un títere sin voz propia movido por hilos ajenos.

Que pretenda aparecer como campeón de la unidad de Ucrania mientras ha destruido la de España es una broma macabra. Y que aspire a que los partidos calificados cada cinco minutos de «ultraderechistas» le salven el pescuezo mientras blanquea a prófugos, terroristas y golpistas y les da el botín que no merecen y jamás soñaron lograr, es una temeridad hasta para él.

De Sánchez hay que fiarse lo mismo que del escorpión en el cuento de la rana, a sabiendas de que siempre inoculará su veneno incluso cuando intentas salvarlo, a menudo de sí mismo: gobernar con partidos a los que les preocupan más las armas de la OTAN que las de ETA, más Israel que Hamás y más Washington que Caracas ha sido una decisión personal, y con ella debe retratarse hasta el último momento, procediendo a disolver las cámaras y convocar Elecciones si su coalición de cambalaches infames no consigue desbloquear un acuerdo.

Porque Sánchez no puede malversar el apoyo de la oposición, que en un contexto normal sería razonable en materias relevantes como la internacional, al día siguiente de obtenerlo. Y es lo que hará. Añadirá a un discurso supuestamente europeo una deriva antiamericana kamikaze y una inercia hacia China inquietante. Y justificará en el necesario esfuerzo por mejorar la defensa de Europa otro asfixiante latrocinio fiscal y un temerario incremento de la deuda pública, que es al futuro del Estado de Bienestar lo que el dióxido de carbono a la conservación del planeta.

Es el presidente con menos diputados propios de la historia, y el único que aceptó forzar su investidura sin ganar en las urnas, transformando el consenso parlamentario en un abyecto negocio mafioso, con intercambio de maletines en el extranjero en los que, en lugar del dinero habitual, se pagaba con amnistías, transferencias racistas, insolidaridad financiera y una destrucción sostenida del concepto de Nación que simboliza la conjunción de ley e historia característica de una democracia avanzada.

Si los líderes europeos tienen que explicar muy bien por qué hemos de pasar de soportarles sus políticas infantiles, resumidas en el dichoso empeño de cargarse el campo y poner tapones a las botellas de plástico, a prepararnos para la guerra como si no hubiera alternativa; el español tiene que justificarnos además por qué nos lleva hacia ese camino mientras en España se rinde. Porque eso es lo que lleva haciendo seis años: humillarnos y destrozar la Constitución con el único afán de mantenerse en un cargo que no merece y, desde él, tapar sus múltiples vergüenzas.

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