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Cosas que pasanAlfonso Ussía

Chinos

Combatir su poder económico está fuera del alcance de todos, incluyendo a los Estados Unidos de América. De ahí que intriguen en demasía los viajes de Zapatero y Sánchez a Pekín

Actualizada 01:30

Me aterrorizan los chinos. No soy capaz de interpretar sus gestos y miradas. Y los japoneses, vietnamitas y coreanos. Tampoco entiendo el tostón metafórico en su literatura. No es cuestión de racismo, sino de incapacidad por mi parte de saber qué piensan, qué piensan en realidad y qué piensan cuando te mienten. En mis muchos años de vida no he tenido amigos orientales. En un colegio de verano en Inglaterra, me hice amigo de dos etíopes. Eran sobrinos del Negus, el Emperador Haile Selassie, que fue destronado poco antes de desaparecer. Era el Negus un hombre pequeño que tenía que hacerse un uniforme cada día, porque menguaba por la noche dos centímetros mientras dormía. Pero sus sobrinos tenían charlita y no ocultaban nada en las bambalinas de sus miradas. Pero con los chinos y japoneses no crucé palabra ni saludos. Entendí al general Patton.

El mundo está lleno de chinos, pero donde hay más chinos, lógicamente, es en China. A su ritmo, a su aire, impertérritos, se están quedando con los negocios y las industrias de Occidente. Combatir su poder económico está fuera del alcance de todos, incluyendo a los Estados Unidos de América. De ahí que intriguen en demasía los viajes de Zapatero y Sánchez a Pekín, que ahora los cursis llaman Beiying, o algo parecido. ¿Qué se le ha perdido el político más derrochador y mentiroso del mundo en Pekín? ¿Quién le recibirá en la capital del comunismo multimillonario?

En China se vive bajo la férrea vigilancia del Partido Comunista, y Sánchez es comunista, aunque no quiera reconocerlo. De China nos llegó la pandemia que ha enriquecido a numerosos políticos españoles. Estábamos equivocados los que creíamos que Sánchez, que tiene la mitad de su equipaje de huida preparado, terminaría disfrutando de su vida de enamorado permanente en Santo Domingo o Marruecos. Pero creo que ha cambiado de opinión y prefiere adquirir un chalé en China. Como sabiamente apuntó Henry Beard, «China no sólo está muy lejos. El problema es que dentro de China viven mil millones de chinos. Mil millones de enigmas. Y además, si no se cose con un tenedor, no veo razón para que te obliguen a comer con agujas de coser».

Los chinos son crueles en su mayoría. Y antipáticos. Pero son leales con quienes les demuestran afecto y fidelidad. Zapatero es el embajador de Venezuela en China, y Sánchez, como es sabido, es el subalterno de Zapatero en todo. Como bien ha escrito Francisco Rosell en El Debate, Sánchez acaricia una alianza con Xi Jinping, espectacular criminal, ofreciéndole el bocado de los 450 millones de consumidores europeos. Tiene de su lado a la señorita Rottenmeyer Van der Leyden, y aunque el acuerdo es difícil, de un chino se puede esperar todo. Nos dejaría para mejorar, porque no es tonto —aunque lo parezca—, y China ofrece la garantía de la lejanía y la seguridad de un régimen comunista, imposibles de encontrar en Marruecos o Santo Domingo. Un año en China y España se olvida de él, porque no hay nación más generosa en el olvido que España.

Nacer chino es una ventaja. Con excepción del Partido Comunista, no tiene que dar explicaciones a nadie. Chino que se corrompe, chino que desaparece, pero si la corrupción supone una ventaja para China y la administra un extranjero, los chinos ponen cara de chinos —es decir, sin expresión alguna— y lo permiten todo.

Los chinos son muy peligrosos, y con Sánchez, aún más. Por otra parte, a Xi Jinping, lo de Begoña le importa un bledo.

Y eso es más que una garantía.

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